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Ni de edades ni de quién se viste de luces. Porque cuando surge el arte en el ruedo, cuando aparece, es sencillamente porque delante del toro hay alguien capaz de hacer algo distinto a lo que habitualmente se contempla en una plaza de toros. Y ayer se pudo comprobar en Espartinas, a la vera de Sevilla, y de la mano de tres toreros tocados por el don del duende, algo al alcance ce muy pocos. Siglo y medio, aproximadamente, entre Ortega Cano, Pepe Luis Vázquez y Julio Aparicio. Pero con el denominador común de un arte distinto en cada uno de ellos. Y encima ayer lo desparramaron por el albero espartinero.
Mención aparte merece Ortega Cano que, como el Ave Fénix, se transformó en Espartinas y después de mucho tiempo sin torear, puso bocabajo el coso con dos faenas para el recuerdo y, sobre todo, preñadas de ese arte que sobrevoló por Espartinas.
Ya lo había apuntado en la entrevista concedida a ABC de Sevilla y publicada en el día de ayer: que está muy ilusionado. Pero a ello hay que añadirle que, además, con unas ganas tremendas. Sorprendió desde que se abrió de capa en su primero, un toro sueltecito pero noble. Tres verónicas surgieron plenas, redondas, macizas. Y la lentitud de la media. Y luego en un quite acompasado, sentido. Brindis al público y tanteo sin prisas, despacio, como todo lo bueno. Se paladeaba su quehacer, que vino acompañado de una primera serie zurda con el toro justito de fuerzas y dos pletóricas con la diestra. ¡Qué manera de cimbrear la cintura, llevando al astado embebido para dejarlo allí detrás! Florecía el toreo de siempre, el añejo, el que perdura por encima de modas. Y los remates -cambios de manos, trincherillas...-. Otra postrera serie diestra, lenta a más no poder, para dejar media de efectos fulminantes.
Pero le quedaba a José el cuarto. Y vaya sí lo aprovechó. Un toro con pies y el torero asentado, bajando las manos, meciendo muñecas para ganar terreno en cada verónica, a cada cual más lenta y solemne y rematar con la media en la misma boca de riego. Y para que no se quedase nadie con ganas, quite a pies juntos enroscándose al toro en la media.
Brindis a Curro Romero -cómo disfrutó ayer el Faraón de Camas- y recital de Ortega Cano. Repetía el de Albarreal. Muleta hacia delante, citando de frente, para rebosarse de toro, llevarlo hasta límites insospechados. Primero con la zurda, de uno en uno casi, pero sentidos. Y luego con la diestra, de nuevo corriendo la mano con una suavidad extrema. José entregado y Espartinas entregada. De nuevo las trincherillas y los pases de pecho de empaque extraordinario, y el sabor a otro tiempo en ayudados por alto para igualar al astado y enterrarle el estoque. José Ortega Cano ha vuelto. Para fortuna de la Fiesta Nacional.
Pepe Luis, la naturalidad
Tuvo pies el segundo, un toro al que le dieron fuerte en el caballo y con el que Pepe Luis Vázquez no pudo hacer nada con el capote. Molestó el viento en el inicio de faena. Se ayudó con el estoque en la primera serie al natural. Perfilero el toreo, citaba para luego embarcar la embestida. Dos con la zurda de una naturalidad insultante. Vamos, como si estuviese Pepe Luis tomándose un café en la recordada «La Ponderosa». Y a los dos le siguió el kikirikí desaparecido en los ruedos, rememorando toreo de otras décadas ya perdido. Siguió sobre la derecha. Se sentía confiado; se le veía a gusto. Primero uno, luego un segundo mucho mejor y al inicio del tercero, el de Albarreal que se va al cuerpo y prende a Pepe Luis. Voltereta tremenda, espeluznante. Mas por fortuna no pasó nada. De nuevo a la cara del toro, ya parado y esperando, y un cambio de manos para dejar en el ambiente el toreo siempre esperado.
No fue lo mismo el quinto, un toro que se paró más y que no terminó de romper. Pepe Luis lo intentó con el capote pero no se podía hacer mucho más. Tampoco con la franela, donde esperó el animal al torero. El sevillano anduvo con oficio, tanteando con tranquilidad pero sin poder sacar partido alguno. Una pena, porque la gente estaba con él, pero cuando no hay material... por eso me quedo con la naturalidad de su primero, donde nos recordó ese toreo añorado en tantas tardes de toros.
Julio Aparicio también ha resurgido de manera extraordinaria. Y si además está con esas ganas que ayer prodigó, pues mejor para todos. A pies juntos y cargando la suerte desparramó verónicas, tanto de salida como en un quite sublime, lento hasta decir basta. Sentido brindis a Ortega y a Pepe Luis para torear con parsimonia, bajando la mano, corriendo la muleta para que el toro no la alcanzara nunca. No era lo mismo por el izquierdo, más parado y sin romper, por lo que volvió a diestras, robándole los muletazos. Pena de espada, porque también tenía el triunfo en las manos.
Enrabietado estuvo en el sexto, un toro con más motor y que no terminó de humillar del todo. Ahí tiró Aparicio de vergüenza torera, buscándole las cosquillas, haciendo que pasase y obteniendo muletazos tanto de calidad como de pundonor, para acabar con molinetes. Dos orejas de entrega.
Este toro prendió en banderillas al subalterno Raúl Gómez, que sufrió una herida en el pabellón auricular izquierdo, partiendo el cartílago, y otra de unos 7 centímetros en el pómulo.
Plaza de toros de Espartinas. Sábado, día 20 de septiembre de 2008. Corrida homenaje al arte del Toreo. Menos de media entrada en tarde bochornosa con rachas de viento. Toros de Albarreal, aceptables de presentación y manejables en conjunto, aunque justos de fuerza. Destacó el cuarto, «Dusio», marcado con el número 6,premiado con la vuelta al ruedo.
Ortega Cano, de verde y azabache. Media tendida (dos orejas). En el cuarto, estocada tendida (dos orejas y rabo).
Pepe Luis Vázquez, de rioja y oro. Pinchazo y estocada delantera (gran ovación). En el quinto, casi entera delantera (silencio).
Julio Aparicio, de nazareno y azabache. Dos pinchazos y casi entera (ovación). En el sexto, estocada (dos orejas).
Ortega Cano y Aparicio salieron a hombros por la puerta grande.
Crónica de Fernando Carrasco, publicada en ABC el domingo 21 de septiembre de 2008
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